Relato corto: La extraña desaparición de los humanos

—¿Y bien? ¿Qué has visto?

—No lo vas a creer.

Habían pasado ya tres semanas desde la última vez que Horacio, la hormiga, y Elena, la elefanta, vieron humanos visitar su hogar, el zoológico de Barcelona. Sin contar a los encargados de mantenimiento, por supuesto.

Al principio, Elena no extrañó en lo más mínimo los gritos de los niños ni a los pesados que intentaban darle cacahuetes porque lo vieron en alguna película, pero ya empezaba a aburrirse en la enorme jaula en la que vivía sola, aunque se negaba a admitirlo, pues no quería verse tan desesperada por atención como el león Leonardo, que no paraba de rugir para ver si así atraía público.

Las únicas conversaciones que mantenía involucraban a Horacio, un amigable insecto que vivía también en el zoológico, pero fuera de jaulas. De hecho, Horacio había vuelto esa tarde, a paso de hormiga, después de una excursión de tres días para averiguar qué había pasado con los humanos.

—Están todos dentro de sus propias jaulas —dijo la hormiga mientras degustaba un trozo de galleta—, algunos en manadas y otros solos, muy solos.

—¿Y no salen nunca? —preguntó Elena.

—Solo salen por provisiones y vuelven… me recuerdan mucho a mi familia, pero con hormigueros menos oscuros. 

—¿Tampoco reciben visitas?

—No que yo haya visto y, cuando salen, nunca lo hacen en grupos, en eso no se parecen a mi familia, que teníamos que ir juntos a todas partes por obligación.

Elena había pasado toda su vida en cautiverio y siempre le había costado entender el comportamiento de los humanos, pero esto le parecía aún más extraño. 

Estaba acostumbrada a que hacían lo que querían y cuando querían, sin dar demasiadas explicaciones ni preocuparse por depredadores, a diferencia de las historias de terror que oía de las gacelas apenas llegaban al zoológico.

¿Qué pensaría un animal en cautiverio sobre la cuarentena?
¿Qué pensaría un animal en cautiverio sobre la cuarentena?

—Hay algo más —continuó Horacio—, cuando abandonan sus hormigueros, llevan una especie de mascara que solo les cubre la boca, algunos se ponen guantes y la mayoría parece tener miedo. Nada que ver con los humanos pasotas que vemos aquí normalmente.

—¿Pero a qué le tienen tanto miedo ahora? —volvió a preguntar Elena, confundida.

—Aún no lo sé, pero ¿recuerdas a Lola, la lora que escapó antes de que la enjaularan?

—¿Lola, la cotilla? Cómo olvidarla…

—Pues me la he encontrado en un árbol no muy lejos de aquí y dijo que volvería hoy, aprovechando que hay menos cuidadores, para decirnos exactamente qué es lo que está pasando.

—¿Y ella cómo lo sabe?

—Se ha hecho amiga de un loro que vive con una familia de humanos. Estará aquí esta noche.

Conforme el sol se ocultaba, la imaginacion de Horacio y Elena parecía ganar velocidad. Se preguntaron si había un depredador acechando a los humanos y cómo se vería afectada la cadena alimenticia, también llegaron a pensar que, tal vez, ahora los humanos estaban más cómodos en cautiverio y había alguien que se encargaba de alimentarlos.

Cuando levantaron la mirada hacia la luna llena, escucharon como se acercaba la inconfundible carcajada de Lola, la lora, la misma que Elena detestaba.

—Hola, que-queridos —dijo Lola, —Veo que sigues igual de… gra-grande, Elena. 

—Y tú igual de… simpática —contestó la elefanta, con un claro toque de ironía.

—¿Has averiguado qué le pasa a los humanos? —preguntó Horacio, intentando cambiar el tema a toda velocidad.

—Sí. Mi ami-migo me ha informado, los humanos no salen porque hay una enferme-medad en las calles.

—¿Una enfermedad? ¡Qué absurdo! Te estás burlando de nosotros —protestó Elena.

—Para na-nada, querida. Los humanos de más poder le han prohibido a los demás humanos salir de sus jaulas para que no les de la enfermedad y se mueran.

—¿Humanos de poder? ¿Como las hormigas reinas?— preguntó Horacio, extrañado.

—Algo así, pero dan me-menos miedo.

—Pero si los humanos que trabajan aquí nos cuidan a nosotros cuando nos ponemos malos ¿qué enfermedad puede ser así de fuerte?

—Eso es lo increíble —continuó Lola, —parece una gripe de lo ma-más normal, pero se han muerto muchos humanos, así que el ca-caso es que estarán enjaulados hasta nuevo aviso. Disfruten el silencio.

Cuando la lora se fue volando, Elena y Horacio seguían sin poder creerle, pero, al mismo tiempo, ¿quién podría inventarse una historia así de detallada?

Lo que les quedaba claro es que, por un lado, los humanos no eran tan fuertes como parecían y, por el otro, ahora mismo tenían más en común con los animales del zoológico y con las hormigas de lo que pensaban.

Si bien era cierto que había una parte de Lola que se alegraba de que los humanos supieran cómo se sentían los animales del zoológico aunque fuera por un instante, también era verdad que se sentía muy sola.

Antes de irse a dormir, la elefanta pidió un deseo que pensó jamás se le ocurriría: Que los humanos (incluyendo a los niños gritones) volvieran a visitarla muy pronto.

¿Qué te parece este pequeño cuento? Aunque esta página va dedicada a la música y la cultura pop, con el confinamiento y el curso de escritura creativa al que asisto virtualmente, me he inspirado a escribir otras cosas y las iré compartiendo poco a poco ‘cause is my blog, and not yours.

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